domingo, 18 de febrero de 2007

Libreta Negra: El jodido Santa Clau's

La estación del tren estaba desierta de madrugada, yo era el único tipejo que aguardaba el ferrocarril a las cinco de la mañana. Pero a esa hora éste no pasaba, sólo Micky con la droga. Con aspecto a peregrino y un porte bajo y caído, ya deprimente de por sí, venía por el costado de la plaza, con un pequeño bolso bajo el brazo. ¡Hey Micky!-decía yo-. Estoy algo apurado -siempre respondía-. La plata la llevaba en un sobre ya contada y él me conocia de hace años y sabía la dirección de mi hogar, pero apurado estaba, teniendo tiempo para detenidamente contar. Yo confiaba en él y debía hacerlo, no era buena idea cargar con una balanza las veinte cuadras desde mi casa, para controlar los gramos de tabaco. Al momento el desaparecia y aprovechando el horario desierto y oscuro, me daba tiempo para armar entre dos y tres cigarrillos, para fumármelos antes de que salga el sol. Cuando la gente salía de sus casas hacia sus trabajos, yo ya estaba de vuelta hacia mi casa con mi mercancía, destinado a dormir toda la mañana. Siempre me despertaba para el mediodía y unos café's y cigarrillos, me alargaban el almuerzo hasta las cuatro de la tarde. No era de buen comer me decían, pero a mi realmente me gustaba comer todos los días un sabroso plato de polenta con queso, de esos platos hondos que mi madre me preparaba cuando niño. No me gusta la televisión, no me gusta la música disco, ni las revistas de chimentos y extrañas modas nuevas, así que no tenía muchos amigos. En realidad no tenía. Mis días esencialmente eran la droga y redactar. Por aquellas épocas redactaba todo lo que me atraía y hasta sobre lo que no me atraía escribía. Cargaba conmigo, siempre una pequeña libreta negra, así como un diario íntimo en donde anotaba lo que sea. La llevaba conmigo a todas partes, a pesar de no salir mucho. Salía al parque y escribía sobre el sol, salía de mi cuarto y escribía sobre el olor a basura y tabaco que infestaba la cocina. Y ese día en particular era especial para cualquier persona de coeficiente intelectual masificado, pero a mi más bien me provocaba fealdad. Era el día de navidad.

24/12/06
El país de las maravillas -pensé por un momento-. ¡¡No que va, todo el mundo grita! -exclamé al segundo-. A la primera que se ve algo diferente, todo es nuevo y llama la atención, pero eso era demasiado feo. Era demasiado ver a Santa Claus ahí, toda su historia había sido un fiasco y ahora ya siendo un adolescente, descubro que de en verdad ah existído antes de ser la bola de grasa homofóbica en la que se había convertido. ¿Quien hubiera dicho que terminaría aquí?, ¿quien hubiera imaginado a Santa fracasado en la estación del metro? -era algo que mi mente se repetía pero no llegaba a comprender-. Tenía ganas de volver en el tiempo, al menos una hora atrás y no ver semejante repulsión, pero ya era tarde, había visto demasiado. Sentado sobre una banca, junto a una botella de whisky a la que de a momentos le daba un trago, pero a la que en todo momento le hechaba nu vistazo para cuidar su adquisición. Ni siquiera había imaginado a un Santa fracasado de esta forma, porque yo lo hubiera imaginado triste y preocupado por los niños, pero por el contrario era alcohólico, sudoroso y prepotente, "¡¡Me deben la ilusión de milenios malditos imbéciles!!" gritaba con su expreción llena de odio. Pero lo que más me dejo estupefanto fue una simple frase, "todo se paga, todo se cobra, nada de nada es gratis en esta vida". Cuando escuche eso, no me sorprendió pero desgraciadamente soy demasiado curioso y uno de los ayudantes de Santa sabía todo lo que mi curiosidad quería masticarse. Ahí estaba el enano, fumándose un porro junto al teléfono público y rascándose el trasero. El hombrecillo había sido desterrado de la familia Clau's, casi como todos los demás. Pero él en particular había sido hechado por su orientación sexual. Sos demasiado gay -eran las palabras textuales de Santa-. Sos una marica sin derechos, ¡¡aberración!! -era la frase con la que siempre continuaba-. Pero a pesar de todo lo que le decía y a pesar del asco que hacía los gays él tenía, luego de varias copas de whisky y café al coñac, nada lo frenaba para tomarlo de sus pequeños brasitos y precionandolo hasta hacerlo doler, lo sentaba en su falda y a la fuerza le bajaba los pantaloncillos verdes, para abusar de Enrique. El alcohol lo arruinó, aunque ejerciendo sus funciones en los últimos años ya era un jodido -decía Enrique-. ¡Estoy harto de los niños, estoy harto de sus cartas, estoy cansado de sus putas sonrisas! -decía Santa antes de salir a entregar los regalos en las últimas navidades-. Comenzaba a tomar desde temprano, mientras embolsava regalos, pero para las ocho de la noche ya no hacía más que beber y ver televisión dejándonos todo el trabajo -contaba Enrique-. En la última navidad existida, Santa estaba más borracho que lo normal, porque nosotros estabamos ahí, solamente a unos cinco metros trabajando y él en el sofá no hacía más que meterle la mano bajo la falda a su esposa. -¡Estas Muy ebrio!- le gritaba ella. Pero Santa no hacía caso y la seguía manoseando y la besuqueaba, bañandole de olor a whisky, mientras la mujer continuaba recistiéndose a lo que Santa furioso e irracional desenfundó la 9mm que cargaba en su cintura y a punta de pistola practicamente la violó, mientras ella lloraba y no sólo eso, sino que la olbigó a realizar cada fantasía pervertida, que en sus años polares había guardado en silencio. Su nombre era Abrán Lincol, nativo de Queen, Estados Unidos. Ávido adolescente punk adicto al sexo, las drogas y el rock and roll, era seguidor de una banda local, The Ramones, cuando ésta estaba en sus comienzos. A todos los pequeños locales y bares el asistía, atraído por la música, seducido por la drogadicción. Vestía la misma campera de cuero negra, todos sus días, un jodido prepotente de la high school y un ingenioso vendedor de marihuana, entre los niñetes de la escuela buscando una nueva apariencia y estilo en la cuna de la droga. Vendió durante meses, pero así como un apostador combulsivo, así como ganaba dinero lo gastaba, pero en drogas, alcohol y ceríllos. Su doctorado en adolescente descarriado, no llegó muy lejos cuando el coma llego a su vida. Rozando la muerte es cuando sus padres tomaron verdaderas medídas con él. Una pareja de Europeos, presisamente Alemanes, rectos, serios y demasiado fríos. No llevaban una buena relación familiar, porque el ambiente no era de dialogos padres/hijo, sino más bien padres/enemigo. Si bien el cariño no era mutuo, ni inmutuo, ya que no acarriaba señales de vida, sus padres así como en la religión, eran fieles a sus ideales de la continuación de su casi único y distinguído apellido. No había ocasión en que no lamentaran que el futuro del apellido estuviera en las manos de tan rebelde ser. Santa esa noche, Abran Lincol por esos tiempos, había salído a beber un poco. Corrían las dos de la madrugada, Abran algo alcoholizado aún se levantaba vestído de su cama destendida hacia semanas, con un cenicero en su pecho, lleno de las colillas de los cigarros del "hasta mañana", con un aliento a cloaca y rodeado de revistas pornográficas. Había dormido catorce horas luego de una fiesta y levantándose ya con un cigarro encendido, sin más salía de la casa a visitar a sus amigotes, no sabiendo aún que esa noche marcaría su vida. Las calles eran demasiado oscuras y los pocos faroles públicos que conservaban esporadicamente sanos, en las largas calles sólo daban el temor de avistar a cualquier cocainomano sin dinero y con ansias de vicio cargando un arma de fuego. Pero la resaca se encargaba de apaciguar el miedo y el porro terminaba por conseguir la paz interior, no había yoga, no había relajación y no se hacían ejercicios respiratorios, si se quería paz, porro era la respuesta en las cuarenta cuadras a la redonda. Por un callejón donde la única luz que había era el viejo foco sobre la puerta, caminaba pisando los charcos Abran hasta la misma, donde desde afuera podía escucharse ligeramente que había música rock a todo volumen, que dándole como un susto en un grito maquiavélico se intensificó al abrirse la puerta de un empujón por dos jóvenes, que cargaban a un principiante bebedor. ¡¡Este imbécil!!, ¡¡no vuelves aquí más ¿me oyes?!! -gritaba el joven que lo cargaba por las piernas-. Entanto Abran observaba a penas visible, a los dos tipos arrojando al joven al final del callejón junto al basural, lo cual le saco una sonrisa. Al segundo se amedentro en el edificio, inmerso en ese nido de ratas de ensueño para él, donde se veían risas, gente bebiendo y algunas peleas dispersas llenas de discusiones, pero nada se oía del cáos más que la música encubriendo a la sonoridad social...
(Material residual de Botas Sucias, Los instintos depresores del vapor del sueño)

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